De: Eduardo Castañeda

Dirección: Martín López Brie

Con: Eduardo Castañeda

EL 68 EN MÉXICO

1968, AÑO DE LAS REVOLUCIONES ESTUDIANTILES.

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En este año el mundo se fracturó dando paso los movimientos sociales que por primera vez eran iniciados por los estudiantes.

A pesar de que las comunicaciones dejaban mucho qué desear, todo mundo supo lo que pasaba en París: los jóvenes salían a las calles a protestar contra la doble moral y el control hacia ellos, se levantaban barricadas y pintaban muros con frases incendiarias.

En México comenzó con la marcha del 26 de julio. Cada año los estudiantes realizaban una marcha conmemorativa del asalto al cuartel Moncada en Cuba que fue lo que dio inició a la revolución de aquel país. La marcha fue reprimida, muchos estudiantes corrieron a refugiarse en la Preparatoria no.1 en San Ildefonso y hasta allá fueron perseguidos, las fuerzas “del orden” derribaron la histórica puerta de un bazukazo y esto prendió la mecha.

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En nuestro país el partido en el poder, realmente contaba con un poder absoluto y se decía que no se movía la hoja de un árbol sin el permiso del presidente, era la presidencia imperial, el control total de la prensa, la censura de lo que se decía, se hacía y hasta se pensaba, muestra de esto se puede constatar en los periódicos del 3 de octubre, luego de una terrible matanza los diarios hablaban de cosas sin importancia, de las próximas olimpiadas, de lo que sucedía en otros países, en México no había pasado nada.

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A partir de ese 26 de julio comenzó el jaleo:

mítines relámpago para no ser detenidos, campañas de concientización política, volantes informativos que podían significar la cárcel para quien los distribuía e incluso para quien los recibía, había que leerlos rápidamente y pasarlos o tirarlos como una papa caliente.

El movimiento fue creciendo, el descontento, el abrir los ojos a una realidad que la población no veía rehenes de sus carceleros en el gobierno.

Mítines, marchas, comunicación de boca a boca –los medios callaban- se unieron los estudiantes de la UNAM y los del Poli, algo inconcebible hasta entonces, acérrimos enemigos por el futbol americano se daban cuenta que tenían mucho en común.

El movimiento se volvió peligroso, informaba y destapaba la realidad, se sabía lo ocurrido en Francia, de cómo los jóvenes se habían decidido a protestar, a tomar las calles, a exigir derechos que hasta entonces desconocían.

Como la Checoeslovaquia de entonces era invadida, así que los rusos tampoco eran tan buenos ni libertarios. Muchas vendas cayeron de los ojos, la realidad era cruel e intimidante.

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El ejército salió a las calles, en el zócalo y en Tlatelolco, en CU y en el Poli, camiones con soldados, las tanquetas, había un estado de sitio, no era conveniente aventurarse por las calles y menos de noche.

Los mítines eran disueltos con sólo acercarse un batallón, la gente corría, se escondía, unos disparos al aire, el ruido de los pasos de los soldados producían la desbandada. Al final, zapatos tirados por todas partes y silencio.

Y así llegamos a la Noche de Tlatelolco, como tan bien narra Elena Poniatowska en su libro de tal título.

Francotiradores en las azoteas rodeando la plaza donde se realizaba el mitin, integrantes del Batallón Olimpia con su guante blanco, el ejército con tanques rodeando el lugar. Era una trampa, no había escapatoria. Un helicóptero, una bengala y comenzó el tiroteo, la confusión, el corredero, los muertos, los heridos, la sangre. Toda la noche se escucharon disparos, ráfagas de metralleta, quienes estaban cerca agazapados, casi sin respirar, sin ver, sin saber, adivinaban lo que pasaba ¿a cuántos estarían matando? ¿esto es la realidad o una pesadilla? No, no es posible que esto esté sucediendo, no en México, no en nuestro país. Y sin embargo, sucedía.

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Al día siguiente el silencio total, nada había pasado, los medios callaban, la gente hablaba en voz bajita sólo con los más allegados, el miedo se impuso.

Se realizaron las Olimpiadas, la fiesta en medio del duelo. Anestesia para olvidar el dolor.

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Luego Díaz Ordaz dijo que asumía la responsabilidad de los hechos, claro, si no se movía la hoja de un árbol sin su consentimiento ¿cómo no asumir la autoría? De lo contrario hubiera sido aceptar que su poder no era total y eso, jamás.

Todos eran soldados del presidente bajo sus órdenes sin contradecirlas, sin desobedecerlas, no se aceptaban fisuras, la dictadura debería permanecer intacta, perfecta.

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